CARITAS IN VERITATE(Caridad en la Verdad)

CARITAS IN VERITATE
DEL SUMO PONTÍFICE

BENEDICTO XVI
A LOS OBISPOS
A LOS PRESBÍTEROS Y DIÁCONOS
A LAS PERSONAS CONSAGRADAS
A TODOS LOS FIELES LAICOS
Y A TODOS LOS HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD
SOBRE EL DESARROLLO
HUMANO INTEGRAL
EN LA CARIDAD Y EN LA VERDAD

Documento Completo

CONCLUSIÓN
78. Sin Dios el hombre no sabe donde ir ni tampoco logra entender quién es. Ante los
grandes problemas del desarrollo de los pueblos, que nos impulsan casi al desasosiego y
al abatimiento, viene en nuestro auxilio la palabra de Jesucristo, que nos hace saber: «Sin
mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). Y nos anima: «Yo estoy con vosotros todos los días,
hasta el final del mundo» (Mt 28,20). Ante el ingente trabajo que queda por hacer, la fe en
la presencia de Dios nos sostiene, junto con los que se unen en su nombre y trabajan por
la justicia. Pablo VI nos ha recordado en la Populorum progressio que el hombre no es
capaz de gobernar por sí mismo su propio progreso, porque él solo no puede fundar un
verdadero humanismo. Sólo si pensamos que se nos ha llamado individualmente y como
comunidad a formar parte de la familia de Dios como hijos suyos, seremos capaces de
forjar un pensamiento nuevo y sacar nuevas energías al servicio de un humanismo
íntegro y verdadero. Por tanto, la fuerza más poderosa al servicio del desarrollo es un
humanismo cristiano,[157] que vivifique la caridad y que se deje guiar por la verdad,
acogiendo una y otra como un don permanente de Dios. La disponibilidad para con Dios
provoca la disponibilidad para con los hermanos y una vida entendida como una tarea
solidaria y gozosa. Al contrario, la cerrazón ideológica a Dios y el indiferentismo ateo, que
olvida al Creador y corre el peligro de olvidar también los valores humanos, se presentan
hoy como uno de los mayores obstáculos para el desarrollo. El humanismo que excluye a
Dios es un humanismo inhumano. Solamente un humanismo abierto al Absoluto nos
puede guiar en la promoción y realización de formas de vida social y civil -en el ámbito de
las estructuras, las instituciones, la cultura y el ethos-, protegiéndonos del riesgo de
quedar apresados por las modas del momento. La conciencia del amor indestructible de
Dios es la que nos sostiene en el duro y apasionante compromiso por la justicia, por el
desarrollo de los pueblos, entre éxitos y fracasos, y en la tarea constante de dar un recto
ordenamiento a las realidades humanas. El amor de Dios nos invita a salir de lo que es
limitado y no definitivo, nos da valor para trabajar y seguir en busca del bien de todos, aun
cuando no se realice inmediatamente, aun cuando lo que consigamos nosotros, las
autoridades políticas y los agentes económicos, sea siempre menos de lo que
anhelamos[158]. Dios nos da la fuerza para luchar y sufrir por amor al bien común, porque
Él es nuestro Todo, nuestra esperanza más grande.
79. El desarrollo necesita cristianos con los brazos levantados hacia Dios en oración,
cristianos conscientes de que el amor lleno de verdad, caritas in veritate, del que procede
el auténtico desarrollo, no es el resultado de nuestro esfuerzo sino un don. Por ello,
también en los momentos más difíciles y complejos, además de actuar con sensatez,
hemos de volvernos ante todo a su amor. El desarrollo conlleva atención a la vida
espiritual, tener en cuenta seriamente la experiencia de fe en Dios, de fraternidad
espiritual en Cristo, de confianza en la Providencia y en la Misericordia divina, de amor y
perdón, de renuncia a uno mismo, de acogida del prójimo, de justicia y de paz. Todo esto
es indispensable para transformar los «corazones de piedra» en «corazones de
carne» (Ez 36,26), y hacer así la vida terrena más «divina» y por tanto más digna del
hombre. Todo esto es del hombre, porque el hombre es sujeto de su existencia; y a la vez
es de Dios, porque Dios es el principio y el fin de todo lo que tiene valor y nos redime: «el
mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo futuro. Todo es vuestro, vosotros de Cristo, y
Cristo de Dios» (1 Co 3,22-23). El anhelo del cristiano es que toda la familia humana
pueda invocar a Dios como «Padre nuestro». Que junto al Hijo unigénito, todos los
hombres puedan aprender a rezar al Padre y a suplicarle con las palabras que el mismo
Jesús nos ha enseñado, que sepamos santificarlo viviendo según su voluntad, y
tengamos también el pan necesario de cada día, comprensión y generosidad con los quenos ofenden, que no se nos someta excesivamente a las pruebas y se nos libre del mal
(cf. Mt 6,9-13).
Al concluir el Año Paulino, me complace expresar este deseo con las mismas palabras del
Apóstol en su carta a los Romanos: «Que vuestra caridad no sea una farsa: aborreced lo
malo y apegaos a lo bueno. Como buenos hermanos, sed cariñosos unos con otros,
estimando a los demás más que a uno mismo» (12,9-10). Que la Virgen María,
proclamada por Pablo VI Mater Ecclesiae y honrada por el pueblo cristiano como
Speculum iustitiae y Regina pacis, nos proteja y nos obtenga por su intercesión celestial la
fuerza, la esperanza y la alegría necesaria para continuar generosamente la tarea en
favor del «desarrollo de todo el hombre y de todos los hombres»[159].

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 29 de junio, solemnidad de San Pedro y San Pablo,
del año 2009, quinto de mi Pontificado.
BENEDICTO XVI

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Acerca de ED

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Publicado el 7 julio 2009 en Reflexiones. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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