Mensaje del Cardenal Quezada por su Retiro

MENSAJE DEL CARDENAL RODOLFO QUEZADA TORUÑO A LOS SEÑORES SACERDOTES, RELIGIOSOS, RELIGIOSAS Y A LOS FIELES LAICOS (AS) DE LA ARQUIDIOCESIS  DE SANTIAGO DE GUATEMALA EN OCASIÓN DE SU RETIRO COMO ARZOBISPO METROPOLITANO.

Se acerca el final del año litúrgico 2010 y, al mismo tiempo, el final de mi ministerio pastoral entre ustedes, hermanas y hermanos muy queridos. Como en otras ocasiones, me permito escribirles unas sencillas reflexiones desde lo más profundo de mi corazón. Me ayuda, en esta oportunidad, la Sagrada Liturgia que, como muchas veces lo he expresado, no tiene que ver solamente con ritos que responden a nuestras verdades de fe, sino también como maestra de nuestra vida y, por tanto, iluminando nuestra vocación y, en particular, los servicios y ministerios que ejercemos no por nuestros méritos sino por elección de Dios.

 

El último domingo de este año litúrgico celebraremos la Solemnidad de Cristo Rey. En este ciclo, en el cual hemos ido realizando nuestro itinerario cristiano a la luz del Evangelio de san Lucas, la palabra de Dios del último domingo nos lleva al corazón mismo del misterio pascual de Nuestro Señor Jesucristo. El texto (Lc. 23,35-43) nos pone delante del mismo Cristo en la cruz, precisamente en el supremo momento de su entrega a Dios y a la humanidad. Allí está el Mesías prometido y, sin embargo, está crucificado. Los jefes del pueblo, los soldados romanos y hasta un ladrón que muere con Jesús, todos se dejan llevar por la lógica del mundo y se burlan de Jesús: ellos ven el fracaso aparente de su propuesta y encuentran en Aquel que se proclamó rey a alguien digno de sus burlas.

 

Parece la hora del fracaso, pero no lo es. Es la hora de la entrega hasta las últimas consecuencias. El segundo ladrón, el que conocemos como el “buen ladrón” (vv. 40-43) encarna, en ese momento, al creyente que, aún sabiéndose indigno del perdón de Dios, recurre confiado al Señor y, al pedir clemencia, hace un acto de fe en el poder salvífico de Jesús. Es este ladrón el que descubre, en esta aparente derrota, el signo de la solidaridad más profunda de un Dios que es Misericordia y, por eso, puede ir más allá de la muerte para poner en Jesús toda su esperanza. “Acuérdate de mí cuando estés en tu reino” (v. 42). La respuesta no se hace esperar: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (v. 43). El reino de Dios ya ha iniciado, ya está entre nosotros y, aunque se funda en otra lógica, no la del mundo, es ya una realidad que fundamenta la esperanza.

 

La Iglesia es y debe ser cada vez más presencia de este reino; es un modo eminente de dicha presencia en el mundo. Y, por eso, ha de ser fermento, aunque compartiendo la misma debilidad de Cristo: una Iglesia capaz de promover la fraternidad más allá de los pueblos y de las razas, de la riqueza y la pobreza, de las lenguas y las culturas; capaz de ofrecer la reconciliación en Cristo, que es “nuestra paz” (Ef. 2,14). Una Iglesia llena de gratitud al Padre que “que nos ha hecho capaces de participar de la herencia del pueblo santo en la luz” (Col 1,12), y por tanto, una Iglesia siempre dispuesta a ir hacia los demás, en misión permanente, especialmente hacia lo más pobres y necesitados. Una Iglesia que ha de ser signo de esperanza para nuestros pueblos, especialmente en los momentos más difíciles.

 

No sólo la Iglesia, sino también la historia cobran ante esta realidad una luz nueva. La historia es también el lugar donde se empieza la realización de la salvación de Dios. Aunque en la aparente contradicción de la presencia del mal en el mundo, al final las realidades de nuestra vida cotidiana darán paso al reino de Dios,  “reino de la verdad y de la vida, reino de la santidad y de la gracia, reino de la justicia, el amor y la paz”, como bien lo expresa el prefacio de la Solemnidad de Cristo Rey. La historia es ese escenario maravilloso donde el amor triunfará por la presencia de Dios; donde Jesús, muerto y resucitado, hará resplandecer el amor de Dios que fecunda todas las cosas y las transforma. Esta es la esperanza del cristiano y la certeza que nos mueve en la fe para descubrir lo que Dios puede hacer con nuestra historia humana para transfigurarla en el reino de Dios.

 

He querido hacer esta sencilla meditación para iluminar, desde la fe, los sentimientos que me embargan al dejar el ministerio como Arzobispo de Santiago de Guatemala. Como todos ustedes ya saben, el Santo Padre Benedicto XVI aceptó mi renuncia al cargo de Arzobispo Metropolitano después de más de 3 años de haberla presentado conforme a la normativa del Derecho Canónico. Me siento muy contento de que el Santo Padre haya aceptado mi renuncia, dándome la oportunidad de dedicarme a otros quehaceres y ofreciendo a nuestra tan querida Arquidiócesis de Santiago de Guatemala la posibilidad de renovarse ulteriormente con la llegada de otro pastor.

 

El 25 de julio de 2001, en el atardecer de mi vida, tomaba posesión como Arzobispo Metropolitano de esta querida Arquidiócesis. No era un arzobispo joven. Pero desde el primer momento sentí que debía dar lo mejor de mí mismo a favor de la Iglesia que se me confiaba, después del largo período de ministerio episcopal como obispo de la Iglesia de Zacapa y Chiquimula y de la Prelatura de Esquipulas. Siendo sincero, tengo que decir que me costó abandonar el Oriente de nuestro país para asumir un desafío tan importante como el que representaba la Arquidiócesis de Santiago, en la cual nací como creyente. Sustituía a mi querido predecesor, Mons. Próspero Penados del Barrio. La tarea, sin duda, no era fácil. Pero la emprendí con ilusión y con la convicción de entregarme al servicio de Dios y de la Iglesia, consciente de mis propias limitaciones, esforzándome siempre en que Jesús, nuestro Señor y Salvador, sea más conocido, amado y seguido   Sólo el Señor, en su infinita misericordia, sabe si he hecho lo que debía en todo. A su clemencia y misericordia encomiendo todo el trabajo que he realizado en estos años y que, para mí, han sido simplemente tiempo de gracia.

 

En el tiempo de mi ministerio pastoral en esta querida Arquidiócesis, he vivido grandes alegrías junto con todos ustedes. En primer lugar, la III Visita Apostólica del Santo. Padre Juan Pablo II, para canonizar al Santo Hermano Pedro de san José de Betancur; luego la celebración del II Congreso Misionero Americano (CAM II – COMLA 7), cuya sede providencialmente fue nuestra  ciudad,  la Nueva Guatemala de la Asunción y que se realizó después de un Año Misionero en toda la América Central. Asimismo, recuerdo la inmerecida creación como Cardenal de la Santa Iglesia Católica, en octubre de 2003, gracia que recibí humildemente como signo del reconocimiento del Santo Padre y de la Santa Sede para la Conferencia Episcopal de un país donde sus obispos y sacerdotes han sido fieles hasta el punto de derramar su sangre, como es el caso de mi muy querido Mons. Juan Gerardi Conedera. Naturalmente, no han sido menos las alegrías sencillas y cotidianas que, en mi calidad de pastor, han llenado mi corazón al ver la entrega y generosidad en su actividad pastoral de tantos sacerdotes, religiosos y religiosas, laicos y lacias en el quehacer cotidiano por construir el reino de Dios. Con todos ellos he hecho camino, convencido de que nuestra Arquidiócesis de Santiago ha de irse abriendo a una escucha más fiel del Espíritu que la encamine, desde la Misión Continental, a un estado de misión permanente entre los guatemaltecos y guatemaltecas.

 

Naturalmente, no han faltado los sufrimientos. Pero posiblemente el más grande sea el haber visto cómo cada día se hacen más profundas las huellas de una secular injusticia y marginación que desembocan  en tantas situaciones de pobreza a las que está sujeta la mayoría de los fieles de nuestra Arquidiócesis. Vienen a mi mente las miles de personas que viven hacinadas en los barrancos de nuestra ciudad, los indígenas de todas las etnias que vienen a la urbe metropolitana buscando un porvenir que no encuentran en sus propios lugares, los migrantes, los campesinos, los ancianos, los niños abandonados a su suerte, los jóvenes que no tienen respaldo familiar, las mujeres que deben sostener solas un hogar sin la compañía de un esposo, etc.  Son tantas las situaciones en las que se manifiesta la profunda injusticia que vive nuestra Patria. Vienen a mi mente las víctimas de la violencia, de los secuestros y extorsiones así como las de los desastres naturales; rostros de seres humanos que pasan a diario por el sufrimiento. El escenario muchas veces ha sido terrible: impunidad, corrupción, crimen organizado, depredación de la naturaleza, amenazas contra la vida naciente, cultura de la muerte. Situaciones en las que no he querido ni podido quedarme callado, aún a costa de incomprensiones por parte de aquellos que no comprenden que parte esencial del ministerio de un obispo consiste en alzar su voz para denunciar todo aquello que aparta del reino de Dios. Con espíritu de fe he sobrellevado este sufrimiento, uniéndolo a de Cristo en la cruz y al de tantas personas y familias que lo sufren diariamente por la pobreza y miseria en la que se ven sumidas, aún a pesar de vivir en medio de la abundancia y el derroche.

 

Es mi deseo seguir acompañando a este pueblo que sufre. Mi gran deseo, si Dios me presta la vida, es dedicarme como arzobispo emérito, entre otras cosas, a organizar todas mis intervenciones públicas, conferencias, homilías y reflexiones en general para su publicación. Me mueve el deseo de hacerles llegar, de otra forma, mi voz de pastor que intentó ser en todo momento “conciencia crítica” de una sociedad herida y, sin embargo, capaz de superar todos sus problemas abriéndose a los grandes valores del Evangelio. Me cabe la alegría de haber estado, en todas mis intervenciones, en plena comunión con el Santo Padre, tanto con el siervo de Dios Juan Pablo II como con el Papa Benedicto XVI. Quise y quiero seguir siendo eco de su vigorosa defensa de la vida de todo ser humano, incluido el no nacido, y de la promoción de una vida más digna y plena para todos y espero seguir iluminando desde la fe las tantas situaciones concretas de nuestra sociedad guatemalteca que todavía se apartan del reino de Dios.

 

De todos los sentimientos que me embargan sobresale el de la gratitud. Mi acción de gracias se dirige, en primer lugar, a Dios  nuestro Padre, de quien procede todo don. Fue su gracia la que me concedió la vida nueva en el bautismo, en aquel lejano marzo apenas cuatro días después de mi nacimiento. Fue su gracia la que me hizo sacerdote, uniéndome de un modo particular a Jesucristo, Buen Pastor, el 21 de septiembre de 1956, hace ya más de 54 años. Ambos hechos han dado sentido a mi existencia. Como decía el apóstol de los gentiles, “Sólo por su gracia soy lo que soy”. Doy gracias al Señor por los 54 años de ser sacerdote y 38 de obispo. Y, por supuesto, le doy las gracias a Dios, porque en mi servicio episcopal en la Arquidiócesis de Santiago, me ha permitido conservar la fe, crecer en caridad pastoral, reafirmar la esperanza, amar intensamente a la Iglesia del Señor, y confiar plenamente en la misericordia del Señor.

 

Mi agradecimiento se dirige, de un modo especial y lleno de amor, a los sacerdotes de nuestra Arquidiócesis, a los que tanto debo y en los que siempre encontré una amistad y un deseo de colaborar con mi Ministerio que sólo el Señor les podrá recompensar; y también se dirige a Ustedes, fieles todos de esta Arquidiócesis, con los que tan feliz me he sentido siempre, y que desde que llegué, me acogieron como a un hermano, y que en su inmensa mayoría, tantas muestras me han ofrecido de amistad y de cariño: les doy las gracias a todos Ustedes, a los que viven y también a los que ya están con el Dios en la gloria. Mi agradecimiento quiere extenderse también, no sólo a los fieles de nuestra Arquidiócesis, sino también a tantos amigos de otras confesiones y al gran número de personas que he conocido a lo largo de estos años: ¡a todos, gracias de corazón! Por todos los citados y por tantos otros no citados, he rezado, rezo y seguiré rezando cada día, recordando siempre a los que ya han dejado este mundo. No puedo menos que tener un recuerdo muy especial y agradecido hacia todos aquellos que han colaborado de una forma especialmente cercana a mi ministerio episcopal, en especial a mis Obispos auxiliares, y a todo el personal de la Curia Arzobispal.

 

El Santo Padre ha nombrado para sucederme como Arzobispo Metropolitano a Mons. Oscar Julio Vián Morales,  SDB, quien tomará posesión canónica de la Arquidiócesis el 4 de diciembre próximo. Les pido sinceramente que el abrazo de bienvenida que le doy sea compartido por todos Ustedes. Mi mayor alegría será ver que lo reciban, lo quieran y lo apoyen en todo como lo hicieron conmigo. Estoy seguro que seguirán siendo cercanos y disponibles con él como lo fueron conmigo. En nombre de todos, a él le digo: “Mons. Oscar Julio, viene Usted a su casa. Esté seguro de que va a encontrar todos los brazos abiertos para recibirlo y para apoyarlo. Bendito sea Usted que viene en nombre del Señor”.

No quiero terminar este sencillo y fraterno mensaje sin pedirles a todos Ustedes  su comprensión por las posibles equivocaciones que haya cometido en el ejercicio de mi ministerio. Por ello, a todos Ustedes les pido me concedan su perdón.  Tengan la seguridad que en mí persona seguirán teniendo un hermano.

 

Que el Señor, por la intercesión de Santa María, Nuestra Señora del Rosario, los siga bendiciendo a todos y en todo.

Nueva Guatemala de la Asunción, 7 de noviembre de 2010

+ Rodolfo Cardenal Quezada Toruño


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Publicado el 25 noviembre 2010 en Reflexiones y etiquetado en , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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